Sembrando semillas de maldad
Sembrando semillas de maldad
Joseph Mac Lean
Al nacer, todo niño es precioso a la vista de la mayoría de personas; son el reflejo de la inocencia misma... y ciertamente lo son. Al ir creciendo, los padres y otros adultos perciben cualidades tanto buenas como malas, que una disciplina, ejercida con paciencia y amor, ayudan a controlar y corregir. Pero, a menudo una disciplina férrea, autoritaria y hasta cruel, lejos de ejercer benéficos resultados, origina que en el niño se siembren “semillas de maldad”.
A menudo, los criminales y delincuentes suelen justificar su comportamiento al culpar a sus padres y maestros, en especial. Alegan, a veces con certeza, que al haber sido rechazados por padres, vecinos, parientes, maestros y patronos, generaron en ellos sentimientos de odio y venganza que acallaron por un tiempo, mientras crecían. Claro está, que no dicen las reales causas de tal rechazo: incluso siendo niños se comportaban de un modo vil y desafiante, y mientras más crecían, más mentían y eludían cualquier restricción o regla impuesta por sus padres, perturbando así la vida familiar. Por eso, no es sorprendente que aún de familias “funcionales”, uno que otro hijo se convierta en un criminal o delincuente ( veces de “cuello y corbata”, pero criminal al fin y al cabo).
Sin embargo, triste es decirlo, aunque muchos niños y adolescentes manifiestan tempranamente una inclinación hacia la rebeldía y la criminalidad, los padres indulgentes permiten que estas “semillas de maldad” se arraiguen, profundicen y se desarrollen paulatinamente. Por eso, muchos expertos aseguran que gran parte de la responsabilidad por el aumento de la delincuencia, incluso la juvenil, puede deberse a las ineficaces destrezas de los padres. Aquellos padres que son incapaces de mantener reglas claras, supervisar y premiar la obediencia (sin recurrir al soborno) y encargarse de corregir de raíz hasta la menor de las infracciones o tendencias perjudiciales, sin recurrir a castigos físicos crueles o violentos, suelen estar sembrando semillas de maldad en el corazón de sus hijos.
No es difícil percibir, hasta en la temprana infancia, las desviaciones más sutiles de la conducta de un niño, incluso aquellas que llevan el sello de “tendencia criminal”. Por eso, se establece claramente una intención de recurrir a la prevención del delito durante la infancia, en especial a aquellos padres que tienen en casa un problema potencial de delincuencia. Siendo un asunto tan complejo, no es fácil hallar fórmulas únicas. Tampoco la mejoría del estatus socio-económico garantiza estar libre del flagelo de la criminalidad o la delincuencia en todas sus facetas. A menudo, los hijos que tienen recursos abundantes suelen caer víctimas, a temprana edad, del alcoholismo y la drogadicción. A veces, el sentir que sus padres tienen poder en la sociedad les hace sentirse invulnerables a las consecuencias de cualquier fechoría o crimen que cometan, lo que es un tremendo error.
Los niños deben aprender, entre otras cosas, que toda acción (buena o mala) tendrá una recompensa o un castigo a la larga o a la corta. Nadie queda sin exención de castigo, aunque eso no resulte evidente a otras personas. Por eso, así como nos esforzamos por respetar y fomentar sus derechos fundamentales, los niños deben aprender desde la infancia a reconocer y aceptar que también tienen responsabilidades. Y aquí radica la primera arma de prevención: Hacerles conocer que aunque su falta no llegue a ser conocida en el presenta, reclamará una compensación en algún momento en el futuro, y que los marcará en su personalidad con una huella indeleble, que se hará manifiesta a la larga.
Los niños deben saber, y aceptar, que no vivimos en un mundo perfecto, algo que su inocencia y fantasía infantil les lleva a pensar. Ellos, son a veces las principales víctimas de la violencia, el crimen, las guerras o el desinterés de otras personas. Y, si para un adulto, vivir en circunstancias extremas es dificultoso, imaginémonos el efecto devastador que les produce a los niños. Los niños deben saber a que mundo se enfrentan, y por eso es que sus padres se esfuerzan en proveerles las “armas” (físicas, mentales, emocionales y espirituales) que le ayudarán, aun durante la niñez, a enfrentarse a situaciones difíciles, si no extremas. Es similar a prepararlos ante la inminencia de un incendio, terremoto, huracán o cualquier desastre natural. No sabemos cuando golpeará, pero de seguro lo hará, y todos deberíamos entender por qué sucede eso y como prevenir sus efectos devastadores. La educación paterna debe ayudar a los hijos al mundo a entender porqué el mundo actual es como es... ¿lo sabe usted?
0 comentarios