¿Por qué más de una traducción de la Biblia?
La Biblia es en esencia un libro para el hombre, por eso sus narraciones se basan en experiencia cotidianas, a menudo fáciles de entender, pero en otras ocasiones muy difícil de captar el sentido de las Escrituras. ¿Por qué? Principalmente debido a que la escritura original se efectuó en hebreo, arameo y griego, lenguas hoy que han dejado de usarse.
Ahora bien, como es sabido efectuar una traducción de un idioma a otro no es una tarea fácil. No se trata solamente de transliterar una palabra de un idioma por una correspondiente de otro u otros. Por eso cualquier proyecto de obtener traducciones actualizadas de la Biblia demandará siempre consultar los manuscritos originales disponibles en los idiomas originales. Además, es preciso un amplio conocimiento de las lenguas en las que se escribió la Biblia originalmente.
A veces resulta práctico consultar los llamados textos magistrales. ¿Qué son estos? Pues son comparaciones que doctos del siglo XIX y XX han efectuado de casi todos los manuscritos originales disponibles en su época, sea que hayan sido escritos en hebreo o en griego. Ahí están por ejemplo los textos de Wescott y Hort, el de Merk y el de Nestle, aparte de la muy reconocida obra de Kittel sobre el texto bíblico en hebreo.
Otra cuestión a abordar en una traducción bíblica es el método que ha de seguirse al verter las palabras e ideas en los lenguajes originales al nuevo idioma deseado. Algunos traductores prefieren simplemente actualizar los términos obsoletos, corregir inexactitudes y hacer uno que otro ajuste al texto anterior recibido. En cambio, otros son más osados y consultan nuevamente los manuscritos originales o los textos magistrales disponibles. Valiéndose de toda clase de diccionarios, manuales, libros de gramática, comentarios y notas tanto lingüísticas como históricas, antropológicas, geográficas y arqueológicas iniciarán su labor que de seguro le demandará mucho más tiempo y esfuerzo, pero que les deparará enormes satisfacciones.
Adicionalmente, se deberá escoger si se traducirá literalmente el texto original o se efectuará una paráfrasis, que en muchos casos ayuda a obtener un mejor entendimiento de la idea original pero que se presta a manipulaciones y adulteraciones perniciosas. Claro está la paráfrasis o traducción idiomática le brinda al traductor mayor libertad para no sólo verter el sentido del texto, sino también para desplegar su propio estilo. Por lo general, casi todos los traductores prefieren una traducción literal, pero cuidando que el lector moderno no pierda de vista el sentido original del texto....¡ardua tarea por cierto!
Una complicación mayor para cualquier traductor es el hecho de que un mismo escritor original puede cambiar de estilo de acuerdo a al tema que esté abordando. Considere por ejemplo al apóstol Pablo: su amplio vocabulario (y muchas veces propio de él, pues ningún otro escritor bíblico contemporáneo lo emplea) escribe con una versatilidad tato en prosa como en poema, y pasa de explicaciones y declaraciones escuetas a las muy largas y detalladas, según se registra en sus cartas a los Romanos y a los Hebreos, por ejemplo (Compare el capítulo 11 de Romanos y los capítulos 9 y 10 de Hebreos). A veces eran tan complejos sus argumentos que en su propio tiempo el apóstol Pablo, lleno como estaba de espíritu santo, reconoció que en los escritos paulinos habían cosas difíciles de comprender (2 Pedro 3:15-16). Imagínese cuán difícil puede resultar desentrañar los pensamientos del apóstol Pablo para un traductor moderno...¡veinte siglos después! Felizmente las hermosas traducciones modernas confirman que sí existen traductores interesados en verter el texto original a sus respectivos idiomas. Hoy, gracias a ellos, disponemos de toda la Biblia o importantes porciones de ella en casi todos los idiomas.
Otro cuidado que los traductores deben tener es hasta que grado dispondrán de las notas explicatorias de pasajes bíblicos difíciles de entender. Lamentablemente en algunas traducciones modernas “ahogan” el texto principal y sus notas son tan abundantes y extensas que demanda más tiempo leer éstas que la Biblia misma. Sin embargo, las notas explicatorias son importantes y necesarias para comprender la idea original, pero deben ser pocas, discretas y, de ser necesario, remitir al lector a algún tipo de glosario, apéndice o breve diccionario bíblico al final de la obra. De ser posible es preferible preparar una obra diferente con las explicaciones más extensas que se consideren necesarias.
¿Por qué se necesitan nuevas traducciones de la Biblia, si existen ya suficientes versiones en español, por ejemplo? Aunque se agradece que las sociedades bíblicas de todo el mundo se esfuercen por seguir editando, publicando y distribuyendo Biblias por todo el mundo, se hace patente que es necesario al menos revisar muchas de ellas. Veamos por qué.
Para empezar, desde 1850 hasta nuestros días la actividad arqueológica ha desentrañado muchos misterios ocultos por siglos. Además, se han descubierto muchos manuscritos originales, entre ellos los muy famosos rollos del Mar Muerto, que se remontan hasta dos siglos antes del nacimiento de Jesucristo. Hoy están disponibles miles de manuscritos producidos en época tan temprana como los siglos II, III y IV de nuestra era común. Algunos de ellos esperaron siglos antes de que vieran la luz pública y hoy, al compararlos, es posible determinar cuan apegados estaban a los escritos originales, de los cuales no queda ninguna copia.
La arqueología también ha permitido recuperar miles de manuscritos y monumentos que hacen posible entender mejor el griego común (o koiné), que es el lenguaje en que se tradujo primero la Septuaginta (es decir los textos hebreos traducidos al griego), así como todas la escrituras Griegas-cristianas, producidas en el siglo primero de nuestra era común. Al tener un mejor conocimiento del griego hoy, es posible refinar el texto bíblico y entender el significado de términos antes desconocidos e imposibles de traducir correctamente.
Adicionalmente, los idiomas en los que se tradujeron a partir de los siglos XV, XVI y XVII han sufrido transformaciones sorprendentes. Si usted leyera, por ejemplo, el Quijote o Romeo y Julieta en la versión original quizá no entendería absolutamente nada. Por eso, las versiones antiguas necesitan ‘actualizar’ los términos para una lectura comprensiva y fluida de los textos sagrados. ¿Quién usa o entiende términos como ‘calcañar’ (talón), ‘ayo’ (tutor), ‘conocer’ (tener coito), por ejemplo? Son cientos de esos términos que deben ser actualizados, sin perder el sentido original del pensamiento.
No menos importante es que la Biblia debe entenderse en su totalidad. Es de lamentar que al escudriñar muchas versiones antiguas, se ha detectado una serie de errores, con frecuencia intencionados, que han corrompido el texto original. En algunos casos, sea consciente o inconscientemente, el traductor se veía obligado a traducir ciertos términos o ideas de acuerdo a sus propias creencias religiosas, o por el temor a represalias de parte de las autoridades civiles y eclesiásticas de su época. Basta citar, como ilustración, las palabras añadidas al pasaje de 1 Juan 5:7,8, “en el cielo, el Padre, el Verbo, y el espíritu Santo: y estos tres son uno”, con el propósito evidente de lograr apoyo bíblico a la doctrina no bíblica de la Trinidad. La investigación moderna ha permitido demostrar que un escriba poco honrado añadió estas palabras más de mil años después de haberse completado las Escrituras. Por eso, la mayoría de las traducciones modernas han retirado esa añadidura, y otras similares.
Aun cuando un traductor de la Biblia no tenga malas intenciones, puede cometer errores, imperceptibles al lector común, pero fácilmente detectables al hacer una comparación con los manuscritos originales o con otras traducciones bíblicas en varios idiomas. Es importante, por tal razón, disponer de más de una versión de la Biblia si queremos obtener ‘el conocimiento de Dios que nos puede llevar a vida eterna’ (Juan 17:3).
Para que una traducción de la Biblia resulte eficaz, debe adherirse, en lo posible, al texto original. Y nada más serio e importante es mantener el nombre divino en el lugar que le corresponde. De hecho, su autor, Dios mismo, creyó conveniente incluir su propio nombre unas 6,961 veces en las Escrituras Hebreo-arameas, pero que muchos traductores, incluso los propios hebreos, han ocultado reemplazando el tetragrámaton (YHVH) por títulos como Señor o Dios, a veces con una grafía en versalita (Señor, Dios), o mediante notas explicativas al pie de página acerca de la razón por la cual se ha preferido tal decisión.
Pero, ‘¿es tan importante un nombre personal para Dios?’, tal vez piense usted. Pues sí lo es, si queremos entender correctamente el sentido de lo escrito. Imagínese que un editor ocultar el nombre de algunos de los personajes principales de una novela, los cuales el novelista ha puesto con un propósito específico, y lo reemplazara por títulos como ‘el investigador’, ‘el policía’, ‘el niño’, o ‘el doctor’. Si hubiese un solo personaje que desempeñara un papel específico (como en muchas novelas de José Saramago, por ejemplo) no sería difícil deducir de quién se está hablando. O piense que en un escrito acerca de la historia y bondades de la Coca-Cola, o del automóvil Rolls-Royce, se reemplazara esos nombres personales en los escritos originales por frases como ‘la gaseosa’, o ‘el automóvil’, cuando hay tantas gaseosas y automóvil.
Por eso, aunque la forma Jehová es más cercana y natural para el lector en lengua española, si se prefiriera emplear la grafía hebraizada Yavé, Yewah o otra similar, sería siempre preferible a que la traducción conserve en cada caso el nombre personal del Dios verdadero en los lugares en donde su Autor dispuso se escribiera el Tetragrámaton (YHVH), al menos en señal de respeto y consistencia de su versión.
Pero una cosa es que las Escrituras Hebreo-arameas (Antiguo Testamento) contengan consistentemente el nombre divino, y otra muy distinta que se incluya en las Escrituras Griegascristianas (Nuevo Testamento), tal vez objeten algunos. Sin embargo, ya desde al menos 1796, el traductor alemán Bretano restituyó el nombre divino en Marcos 12:29, de otro modo es imposible entender completamente el texto. Para 1864 la Emphatic Diaglott (El Diaglotón Enfático) usa repetidas veces ‘Jehová’ para verter las citas de las Escrituras Hebreas en los escritos griegos-cristianos. Así sucedió, por ejemplo, en Mateo 22:37, 44; Marcos 12:29, 30, Lucas 20:42 y en otros lugares más. De hecho, contrario a lo que se pensaba, la Septuaginta sí contiene el Tetragrámaton, y esa fue la versión que usaron tanto Jesús como los apóstoles y otros discípulos y escritores bíblicos. Jesús, que había condenado las tradiciones absurdas de los fariseos y saduceos, es seguro que debe haber pronunciado correctamente el nombre de Dios al leer por ejemplo Lucas 4:18-19, pues al leer el rollo de Isaías (61:1-2) encontraría claramente el Tetragrámaton (YHVH). Si su Biblia no vierte el nombre divino en las Escrituras Griegas-cristianas, y se le hace difícil entender si la expresión Señor se refiere a Jehová o a Jesucristo (que no son la misma persona), como sucede en Hechos 2:32, por ejemplo, basta con que consulte la referencia en las Escrituras Hebreas y queda solucionado el ‘misterio’.
Más importante que el respeto al Autor, es el hecho de que al desconocer el nombre personal de Dios, resulta difícil entender textos como Juan 17:3 (“(Padre)...Esto significa vida eterna, el que estén adquiriendo conocimiento de ti, el único Dios verdadero, y de aquél a quién tú enviaste, Jesucristo”. También es importante para dirigir correctamente nuestras oraciones y peticiones o efectuar la voluntad de Dios correctamente (Mateo 6:9-11; 27:46; Luc. 23:46; Juan 15:8-10; 16:23-24; 17:1, 17-19, 24-26; Fil. 4:6-7). Y, finalmente, el asunto del juicio y la salvación está íntimamente relacionado al nombre divino, pues la Sagrada Escritura dice: ‘Todo el que invoque el nombre de Jehová (no simplemente del Señor) escapará salvo’ (Hechos 2:21; Rom. 10:13). En Armagedón ‘las naciones sabrán quién es Jehová’, aunque será demasiado tarde, como lo fue para el faraón egipcio en tiempos de Moisés.
A pesar de todos los intentos, jamás el nombre Jehová será ocultado o borrado nuevamente. De hecho, ya se está cumpliendo la profecía bíblica de Revelación 15:3, pues millones de personas, día y noche, alaban públicamente al Dios de Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés y Jesús, por toda la tierra habitada (Rev. 15:3-4). Los que sobrevivan a esa masiva destrucción de impíos podrán disfrutar de las bendiciones que Dios hace posibles mediante desplegar los beneficios del sacrificio del Cordero, Jesucristo (Rev. 21:1-5, 22-25; 22:1-5).
Que su lectura de la Biblia le motive a buscar al Dios verdadero mientras pueda ser hallado (Sof. 2:3), aunque en verdad Dios nunca está demasiado lejos para el que lo busca encarecidamente (Heb. 11:6). Permita que la propia Palabra de Dios penetre en usted y obre en armonía con su propósito, a saber, ‘discernir sus pensamientos e intenciones del corazón’ (Heb. 4:12). Sin importar que versión de la Biblia prefiera, su disposición a aprender de ella le facilitará el camino para un mayor conocimiento y entendimiento, y paulatinamente obrará en concordancia con lo que vaya aprendiendo. Una comparación con otras versiones ampliará su discernimiento, de seguro. Fíjese la meta de leer toda la Biblia en el menor tiempo posible a fin de adquirir una visión panorámica de su contenido. Luego, en lecturas sucesivas (tal vez de otras versiones) pueda hacer un poco de investigación de temas centrales y por que no, también llegar a conocer ‘la altura, la largura y la profundidad’ del conocimiento revelado por su Autor, Jehová.
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