Tres cosas hay en la vida
Tres cosas hay en la vida
Joseph Mac Lean
Con tantas opciones que la vida moderna ofrece es comprensible que la juventud actual, y las generaciones por venir, traten casi todas las cosas con una superficialidad que no deja de preocupar a los adultos responsables de conducirlos, llámense padres, maestros o líderes religiosos. Sin embargo, a veces la causa de preocupación radica en los métodos y los medios elegidos por los jóvenes y no tanto por los resultados. Es bueno reconocer que toda generación ha criticado a su antecesora y ha mirado con sospecha a la que le sigue. El problema radica ahora en que la llamada brecha de generaciones es mucho más accidentada que en el pasado.
Los jóvenes actuales aman el conocimiento y por eso las universidades y escuelas están llenas de bote a bote en todo el mundo. Inmensas cantidades de jóvenes estudian un segundo idioma como parte de su formación cultural, y no pocos muchachos y muchachas aprenden a tocar instrumentos musicales o se dedican al canto como nunca antes. Incluso, la facilidad de aprendizaje que ofrece la Internet permite el que muchos jóvenes, que dominan la nueva tecnología mucho más ventajosamente que la mayoría de las generaciones anteriores, adquieran muchos conocimientos, incluso los que se suele denominar de afición o diversión. De un modo particular, son “sabios” para enfrentar a este mudo tumultuoso y cambiante, y esa “sabiduría” les permite flotar en medio de la tempestad que les ha tocado vivir.
Hoy también es motivo de preocupación la “aparente” apatía de los jóvenes por la lectura, es decir la lectura tradicional del libro. Pero no creo que los jóvenes no lean, pues sí lo hacen, pero a su manera. De hecho, las largas horas que pasan en la Internet , o “leyendo” los subtítulos de las abundantes películas producidas para ellos, o las inacabables horas que pasan en el Chat o leyendo (y contestando) sus correos electrónicos, los obligan necesariamente a “leer”. Por otro lado, todavía comparto la idea de que el libro (de papel y cartón) conserva unas ventajas que los medios audiovisuales ni siquiera pueden aportar a la formación de las nuevas generaciones, y que será motivo de otro artículo. Sé de muchos jóvenes que han leído las numerosas páginas de la saga de libros como “Harry Potter” y “El Señor de los Anillos”, que en algunos casos llegan a contener varios centenares de páginas cada volumen. Incluso, no pocos se animan a leer libros de la literatura tradicional, luego de apreciar el argumento en una vídeo o película.
Lo que sí he podido darme cuenta es que, independientemente de los medios que los seres humanos – de todas las edades – elijan, hoy mañana y siempre, siempre estarán en una búsqueda incesante del equilibrio entre tres fuerzas fundamentales: LA VERDAD , LA BELLEZA y el ejercicio de LA VOLUNTAD (o libre albedrío), y todo el quehacer humano, así como la ciencia, el arte y la religión desarrollan diversos procedimientos para satisfacer esta imperiosa necesidad de todo ser humano. Hay quienes le llaman “felicidad” a ese supuesto estado de equilibrio entre esas tres fuerzas.
Ya sé que muchos debatirán la simplicidad de esta postura o hipótesis. De hecho, ha sido objeto de muchísima controversia a lo largo de los siglos. Lo que sí es verdad, es el hecho de que los hombres cambian constantemente, pues son los seres más dinámicos que existen sobre la Tierra. Por eso, lo que fue cierto para una generación nunca lo será para la siguiente, pues ésta modificará (para mejor o para peor) el entorno en el cual le tocará volcar su aporte a lo que llamamos “la civilización”. Claro está que los seres humanos tienen una tendencia natural a “perfeccionar” lo que se ha fijado en la naturaleza. Este ideal, repito, presente en todo ser humano, provoca los conflictos que llevan a las discrepancias parentales, políticas, nacionales, etc., y que lamentablemente parece que las guerras ayudan a liberar las presiones acumuladas.
El conocimiento, abundantemente disponible en este siglo XXI, es el que puede ayudarnos a acercarnos a la primera fuerza: LA VERDAD. Y debemos reconocer que la verdad, por el simple hecho de serlo es bastante simple, libre de los adornos innecesarios de los que se viste lo que no es verdad. ¿Por qué es importante encontrar la verdad? Ayuda en algo recordar lo que dijo Mark Twain: Conoce primero la verdad, y luego podrás distorsionarla todo cuanto te plazca”. Pero más certero es el comentario de Jesucristo que dijo: “La verdad los libertará” (Evangelio de Juan 8:32). Claro está que Mark Twain se refería probablemente a la verdad puramente intelectual, es decir la que se obtiene mediante la ciencia (formal o informal), mientras que Jesucristo se refería a una verdad mucho más elevada: la espiritual. Cuanta verdad es capaz cada uno de asimilar y retener en su vida, dependerá del esfuerzo que se haga de continuo por alcanzarla.
Otro aspecto es que por naturaleza, los seres humanos sanos buscan constantemente LA BELLEZA , pues esta satisface a los sentidos y llega a ser una primordial necesidad para hallarle sentido a la vida. Mientras más belleza rodee nuestra vida, más valor tendrá para nosotros, y, de una forma u otra, expresamos lo que nuestro mundo interno es en realidad, por nuestras manifestaciones artísticas y por las que apreciamos y seleccionamos para satisfacer esa imperiosa necesidad. El arte encarna y encauza esa necesidad de un modo preponderante. Por eso, es conveniente recordar que la belleza radica en el interior del que la contempla.
Finalmente, todos llegamos a aceptar en un momento u otro de nuestra vida, que la vida es única e irrepetible. Nadie ha sido ni será como nosotros y que sólo tenemos una oportunidad de dejar una huella de nuestra existencia. Por eso, los seres humanos buscamos expresar nuestra VOLUNTAD en procura de la mayor satisfacción posible, la mayor parte del tiempo posible. Es sólo natural que cada individuo, impulsado por el más puro egoísmo (en el buen sentido de la palabra) dedique lo mejor de sus esfuerzos por rodearse de las comodidades que le permitan un estado de bienestar que luego, impulsado por la bondad, compartirá con otros seres humanos, a quienes libremente elija para ello. Prioridad tendrá la familia, luego los amigos y los vecinos, hasta alcanzar a la mayor cantidad de personas. Por un impulso muy interno, siempre buscaremos el bienestar de otras personas (llamado altruismo), a veces con una mayor fuerza que las que nos mueve a procurar nuestro propio bienestar.
Cada cultura, a través de los tiempos, se ha esforzado por desarrollar un conjunto de normas, procedimientos, leyes y costumbres que persiguen el equilibrio entre las tres fuerzas ya mencionadas: LA VERDAD , LA BELLEZA Y LA VOLUNTAD. Pero sólo la primera de ellas es medible en cierto grado, a menudo a través de la ciencia, mientras que las otras dos están en el mero campo subjetivo o relativo en su mayor parte. Cada ser humano, y cada sociedad, deben intentar que las tres fuerzas, y los medios para alcanzar su perfecto equilibrio, estén en constante progreso, dándole a cada una la atención permanente que les corresponde. Si percibimos que ocurre un estancamiento, es necesario, vital diría yo, corregir un estado de regresión de uno o más de los campos implicados.
Pero, y para finalizar, no se crea que con la ciencia, el arte y las costumbres (que encauzan la voluntad individual dentro de una sociedad) son suficientes. Como ningún otro ser terrícola, el hombre precisa de la RELIGION , quiera o no. ¿Por qué? Pues, porque la religión engloba a las tres fuerzas mencionadas. Además, porque de una forma u otra la religión trata de satisfacer la necesidad fundamental del hombre de alcanzar LA VERDAD SUPREMA , LA BELLEZA SUPREMA y LA BONDAD SUPREMA (que impulsa nuestro deseo de alcanzar el bienestar de todos). Lo que sí es cierto es que el hombre nunca podrá prescindir de la religión, aunque si se podrá observar diferencias (más que discrepancias) en algunos aspectos del dogma, historia o el ritual, pero que, de un modo u otro, la religión encamina al hombre en su búsqueda de lo SUPREMO, evitando así la simpleza de la secularización, es decir una exclusión casi total de los aspectos religiosos. Cierto es, por otra parte, que la sacralización, es decir el predominio de la religión sobre cualquier otro aspecto, conlleva también un desequilibrio de las tres fuerzas que mencionamos al principio, hecho que lo confirma la Historia.
La apreciación religiosa cae siempre en el campo individual, y cada ser humano determinará, en un momento u otro de su vida, su propia concepción del Universo y su real participación en él. De antemano, podemos decir que ningún ser humano, en pleno dominio de sus facultades mentales, será completamente ateo (“sin dios”) todo el tiempo. En algunos períodos de su vida podrá manifestar cierto antideísmo, es decir una hostilidad hacia la divinidad o lo que la representa en la Tierra , pero que por lo general se disipa con el paso del tiempo y el cambio de circunstancias. De eso hablaremos en otra oportunidad.
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