Etimologías (agosto 2009)
LETARGO
Sopor, modorra y también estado de somnolencia prolongada y profunda, causado por enfermedades nerviosas, infecciosas o tóxicas. En la mitología griega, Lete, la hija de Eris --personificada por lo general como diosa de la discordia-- dio su nombre al manantial del Olvido, que más tarde se convirtió en la laguna Lete o río Leteo, en cuyas aguas los muertos bebían para olvidar su vida terrestre y no tener recuerdos de ella. Las almas que retornaban a la vida, ya con un nuevo cuerpo, volvían a beber del río Leteo para olvidar lo que habían visto en el mundo de las sombras. El nombre de Lete proviene del verbo lanthano ‘olvidar’, ‘esconder’. Lete acabó por convertirse en alegoría de la Muerte y del Sueño. En latín, su nombre dio lugar a letum ‘muerte’ y letalis ‘letal’, y en griego a lethargos ‘letargia’. La palabra latente es del mismo origen y significa ‘oculto’; aunque suele usarse equivocadamente en el sentido de ‘palpitante’ o ‘vivo’, por creerse que proviene del verbo ‘latir’.
OLVIDO
Desde el siglo XIX, el mecanismo del olvido ha sido uno de los temas favoritos de los psicólogos debido a la importancia de la memoria en el funcionamiento de la actividad intelectual como un todo. La palabra olvido es más antigua que la propia historia de la humanidad. En efecto, sus orígenes se remontan a las lenguas prehistóricas indoeuropeas, en las cuales la raíz lei-w dio lugar en latín al verbo oblivisci ‘olvidar’, de cuyo participio pasivo oblitus se derivó en latín vulgar el verbo oblitare, a partir del cual se formó el verbo castellano olvidar, así como el francés oublier.
Cortázar toca el tema del olvido en Rayuela (1963), al relatar un sueño:
Una certidumbre sola y terrible dominaba ese instante de tránsito dentro del sueño: saber que irremisiblemente esa expulsión comportaba el olvido total de la maravilla previa. Supongo que la sensación de puerta cerrándose era eso, el olvido fatal e instantáneo. Lo más asombroso es acordarme también de haber soñado que me olvidaba del sueño anterior, y de que ese sueño tenía que ser olvidado (yo expulsado de su esfera concluida).
CHURRASCO
Palabra usada en el Río de la Plata y también en el portugués del sur de Brasil para denominar un pedazo de carne asada a las brasas. El Diccionario de la Academia sugiere --sin citar fuentes-- que sería un vocablo de origen onomatopéyico, presumiblemente del sonido que produce la grasa al gotear sobre el fuego. Sin embargo, Corominas afirma que churrasco se originó en una palabra muy antigua, anterior a la presencia de los romanos en la Península Ibérica, que nos llegó desde sukarra ‘llamas de fuego’, ‘incendio’, formada por su ‘fuego’ y karra ‘llama’. Apareció en castellano bajo la forma socarrar, que se encuentra ya en Nebrija (1495). A lo largo de los siglos, se han derivado diversas variantes dialectales en España, de las cuales la que nos interesa es churrascar, del andaluz y leonés berciano, de donde proviene la voz rioplatense churrasco, antes charrusco ‘pedazo de carne a las brasas’.
El etimólogo catalán también cita el chilenismo churrasca ‘hojuela de masa frita’ y el regionalismo rioplatense churrasquear ‘hacer carne a las brasas’. En Murcia y Almería se usa chuscarrar ‘tostar ligeramente algo’, y en Salamanca churrusco ‘pedazo de pan demasiado tostado’.
PONTíFICE
Algunos años después de la legendaria fundación de Roma por Rómulo y Remo (753 antes de nuestra era), cuando los monarcas de la joven ciudad se ocupaban aún de los rituales religiosos, el segundo rey de Roma, Numa Pompilio, pensó que sus sucesores tendrían que ocuparse de la guerra y del gobierno de un estado cada vez más complejo, de modo que no estarían en condiciones de pensar en la liturgia. Con esa idea, Numa Pompilio decidió entregar el cuidado de las ceremonias religiosas a un funcionario o sacerdote que desempeñara exclusivamente esa función religiosa. Después de mucho meditarlo, confirió esa dignidad a los pontifex, que eran los encargados de cuidar el puente sobre el río Tíber, una tarea que en aquella época revestía enorme importancia política y militar, además de religiosa. En la palabra pontifex se fusionan pontis ‘puente’ y facere ‘hacer’, en alusión a su actividad: cuidar el puente.
Algunos siglos más tarde, el emperador Julio César decidió asumir la dignidad de Pontifex Maximus ‘Sumo Pontífice’, el mayor de los pontifex, para indicar así su posición de jefe no sólo civil y militar, sino también religioso. A partir de Augusto, este título quedó vinculado al de emperador durante varios siglos, hasta la llegada al poder de Constantino (306 d. de C.), quien adoptó el cristianismo como religión oficial del Imperio. Fiel a la tradición consagrada por sus predecesores, Constantino siguió usando durante algún tiempo el título de Sumo Pontífice, ahora como representante de Cristo. Pero los obispos de Roma no demoraron en reivindicar para sí la condición de únicos representantes de Cristo en la Tierra y acabaron por incorporar el título de Pontifex Maximus, que los papas ostentan hasta hoy.
Estos textos ha sido extraídos de los libros de Ricardo Soca La fascinante historia de las palabras y Nuevas fascinantes historias de las palabras.
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