Blogia
macleanmicropedia

A mi hijo amado, de Joseph Mac Lean

A mi hijo amado

Joseph Mac Lean

 

Por todo medio posible lo he intentado

grabar en tu mente y corazón todo aquello

que habría de guiar tu vida, sí, la tuya;

y ahora llegó el momento esperado,

que luces gallardo, seguro y apuesto,

en que sales a la vida muy confiado

en el éxito que se te presenta delante.

 

Sólo unas sencillas palabras finales

para enmarcar todo mis pasados afanes

en que te acurruqué en mis brazos

viéndote sereno dormir, jugar y sufrir;

o esas noches de desvelos procurando

te recuperaras pronto de algún mal;

que yo atesoro más que nada en el mundo.

 

Sé siempre amable, hijo mío, presto a ayudar,

mostrando el debido respeto a todos.

En cualquier momento o lugar

jamás seas vulgar en tus palabras

ni mucho menos en tus actos;

si te es posible decide por la castidad

aunque no la pregones a todos.

 

Sé sencillo; ten pocos, pero buenos amigos.

Nunca reveles a todos lo que en verdad

sientes o pienses, y recuerda siempre

que quien hoy se muestra amistoso

mañana la lanza te puede arrojar,

o te herirá de algún modo profundo

que, aunque quieras, no lo podrás perdonar.

 

Si un amigo tuyo se muestra fiel y leal

sujétalo con garfios o cadenas de amor y respeto,

cuídalo como algo de gran valor, no lo pierdas;

pero no malgastes tu tiempo y fortuna en alguien

que tiende al jolgorio o la pendencia perenne,

es como gastar pólvora en gallinazo;

ese, nunca  jamás tu afán ha de apreciar.

 

Escucha presto a todos, pero a pocos presta tu voz;

no emitas juicios, sólo guía a qué busquen

a tomar para ellos la mejor decisión,

el camino que han de ellos mismos seguir.

Reserva tu juicio para tus propios actos,

y recuerda que aunque por fuera vistas de seda

lo que en verdad eres está en tu interior.

 

Viste como quieras pero sin extravagancia,

pues así te ofendes a ti mismo;

pero recuerda que el traje revela quién eres

o al menos quien pretendes llegar a ser

y una primera mala impresión, de hecho,

es muy difícil llegar a borrar del todo,

y el daño es, a veces, imposible de reparar.

 

Algo que he aprendido en mi ya extensa vida

es evitar, si es posible, prestar o pedir prestado;

haciéndolo te enfrentarás al dilema inminente

de perder lo prestado y al amigo, ¡qué ruina!

Si no puedes procurártelo tú mismo,

es que no lo tienes bien merecido

y puedes vivir sin eso, ¡disfruta lo que sí tienes!

 

También hijo mío nunca olvides

el ser sincero contigo mismo, y recuerda

que unos Ojos arriba te estarán observando;

mas, si haces el bien no temas, mi niño,

pues de allí provendrá la ayuda apropiada

cuando la calamidad te azote, porque lo sabes

vendrá de uno o de otro modo, es inevitable.

 

Pronto ya no estaré disponible, al menos

no cómo antes lo estaba, pues así es la vida;

pero quedaré de algún modo en tu mente

y sobretodo muy dentro de tu corazón.

He cometido errores, que duda cabe,

pero, lo juro, fueron sin mala intención;

lo que hice fue por amor, nada más.

 

Cuando te toque el turno de juzgarme,

porque estoy convencido algún día lo harás,

no seas severo conmigo, sino generoso,

como lo manda tu corazón noble;

que en la balanza de mi vida, creo

sin temor a equivocarme, espero,

mis virtudes vencieron a mis defectos.

 

Nada más puedo hacer ahora por ti,

excepto de vez en cuando señalarte paciente

si es que veo pierdes la senda, o tal vez

estés a punto de bajar los brazos, vencido

por el suceso imprevisto o el fruto debido

a alguna mala decisión o a la traición

que te vendrá del lado menos esperado.

 

Sé feliz hijo mío, y por sobre todas las cosas

gánate el afecto de todos, o al menos,

el respeto de quienes te muestran enemistad,

que si pasas por alto su asedio, su odio,

con el tiempo tu amigo entrañable podría ser;

y, si no puedes hacer el bien, aunque lo intentes,

jamás dediques tiempo a planear alguna maldad.

 

Que tu corazón se llene de alegría, gozo y amor,

busca las cosas bellas, amables, divinas,

no le des suficiente espacio ni tiempo a lo carnal,

porque entonces sólo corrupción hallarás;

pero si siembras en lo espiritual primero, y siempre,

aunque por un tiempo nos separemos,

nos volveremos a encontrar, para no separarnos más.

 

Si algo me falta decirte o aconsejarte,

no faltará oportunidad, y aquí quedo,

aprovechando bien mi forzada soledad

en seguir cultivándome por dentro

mientras busco ayudar a los que pueda

a reconciliarse con la vida y su Creador

¿Qué felicidad mayor habría de procurar?

0 comentarios