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Una segunda mirada a Dorian Gray

Una segunda mirada a Dorian Gray

Joseph Mac Lean

 

Por una extraña razón, hacía tiempo sentía la necesidad de releer la novela El retrato de Dorian Gray, que el genial Oscar Wilde escribiera en las postrimerías del siglo XIX, una de las mejor escritas en la lengua inglesa. Después de habérsela recomendado al más joven de mis sobrinos, y que él la leyera con poca disimulada fascinación, me atreví a tomar prestado su ejemplar y en pocos días, y luego de cuarenta años, darle una ‘segunda mirada a Dorian Gray’.

A los largo de mi vida, muy pocas veces, si acaso, he vuelto a leer una obra literaria. Verdad de por medio, no es que tampoco haya leído ingentes cantidades de libros, novelas, cuentos, etc. Pero, sí recordaba que esa obra había dejado una huella profunda en mi pensamiento, aunque poco recordaba lo central del argumento, y mucho menos del carácter propio de cada personaje, si acaso refrescada por una película que vi en los años setenta. Cuarenta años no pasan en balde, ¿verdad? Sin embargo, ahora que he culminado su lectura, he vuelto a descubrir esa misma sensación que me dejara la primera vez.

He descubierto, por ejemplo, que en muchas ocasiones mi conciencia quedó impresionada por la crudeza de Henry Wotton, el cínico amigo del pintor que retratara tan magistralmente al apuesto adolescente. A través del tiempo, y en la vida real, he hallado a mucha gente con el mismo cinismo y no puedo dejar de reconocer que, en cierta medida, dejaron huella con su pensamiento, conducta, sueños y esperanzas, para bien o para mal. No menos cierto, es que de algún modo u otro, también yo influencié, a mayor o menor grado, en esas mismas personas, lo que me ayudó a formar mi carácter, expresar mi personalidad y definir mis gustos y preferencias, marcando, incluso, un ritmo propio a mi existencia; cosa que no ha cambiado en absoluto. De otro lado, la ingenua admiración inicial que Basil Hallward, el pintor que retratara toda la belleza y frescura de Dorian adolescente, también me ayudó tempranamente a no admirar demasiado a personalidad humana alguna, del pasado o del presente; pues como me enseño un poema anónimo, también en mis años juveniles, ‘todo viene en conjunto defectuoso, hay rasgos de virtud en el malvado, y hay rasgos de maldad en el virtuoso’ (Poema “Verdades Amargas”).

Ahora que soy más dueño que nuca de mis tiempos y sazones, y veo con regocijo que no desperdicié mi juventud tan sólo en las cosas vanales propias de esa época, puedo decir que, a pesar de los sinsabores recibidos, conservo aún el sabor dulce de muchas victorias, simples si quieren, intrascendentes para otros tal vez, pero es lo que estoy cosechando en estos años. No puedo negar que, como Dorian Gray, el peso de los años y los remordimientos por haber (o no) hecho esto o aquello, o no haberme esforzado tanto en tal o cual empresa, todavía me brindan un toque agrio; pero eso es algo inevitable en la vida, ¿no creen?. Nadie puede hacerlo todo, y bien, pero todo aquello que sí tiene que llevar a cabo, porque esa es su misión o tarea en esta vida, debe hacerlo con todas sus fuerzas, y sin esperar aplausos ni recompensas sino la satisfacción del deber cumplido.

Tal vez deba agradecer a Dorian Gray por la advertencia implícita en el libro de que, al menos por el tiempo presente, la juventud y el vigor que le acompaña son pasajeros en extremo. Hoy, varias décadas después, y de haber intentado y alcanzado en cierto grado, todo lo que un hombre ansía: amor, familia, cultura, intelecto, amistad, respeto, y tantas tras cosas simples, pero igualmente valiosas, puedo decir con tranquilidad de ánimo, que no he perdido ese mismo deseo de ir tras metas elevadas, sin dejar de disfrutar de los placeres sencillos y válidos de esta vida.

Como temprano descubrí, una vida dedicada solamente al placer, no es al final una vida realmente satisfaciente. Estamos hechos, o mejor dicho, hemos sido creados, con una necesidad intrínseca de buscar a Dios, y apegarnos, de un modo u otro a Él. Por eso, hay tanta variedad de religión por todo el mundo, y nadie escapa, lo quiera o no, a su influencia. Por supuesto, no toda religión es buena o mala por entero (como dice el poema “Verdades amargas”), aunque hay algunas realmente decepcionantes, por decir lo menos. De modo práctico, para una impresionante mayoría de personas la religión es sólo un adorno, al igual que la moral es tan sólo una conveniencia social para ‘llevar la fiesta en paz’. Mientras que en su interior, la humanidad ha sido arrastrada más allá de todo sentido moral, todavía persiste en mostrar una fachada de moralidad, útil en la medida que le permite obtener de la sociedad los medios para satisfacer a veces muy bajos instintos y librarse de la pena o de los castigos. Pero nadie escapa al juicio de su conciencia y siempre cosechará aquello que ha sembrado, es una ley inevitable.

Eso le pasó a Dorian Gray y sus amigos, personajes ficticios por cierto, quienes pese a su narcisismo y la obtención de los placeres inmediatos, sencillos, y hasta comunes, jamás obtuvieron la plena satisfacción que sólo se halla de una vida en armonía con el Creador. La sociedad en la que vivieron tanto Wilde, como sus personajes, ya no existe en su forma, pero en sustancia sigue tan viva como toda otra sociedad humana que haya existido desde los albores de los tiempos. Por eso, sin jactancia, puedo afirmar lo que ya en el pasado dijo el rey David: “Un joven era yo, y he envejecido, pero no he visto a nadie justo dejado enteramente, ni a su prole buscando pan” (les dejo la tarea de hallar la cita bíblica). No soy, ni de asomo, alguien como David. Él tuvo sus logros así como sus fracasos, pero pudo comprobar esa verdad que yo la vivo ahora en carne propia. Mi única ventaja es que yo sí estoy vivo, mientras el rey glorioso David descansa todavía un tiempo más en su tumba en algún lugar de la Tierra Prometida, Israel, esperando su llamado y volver a la vida. Sin embargo, espero que si me toca unirme a él, pueda estar en el lugar más seguro que pueda existir: la memoria de Dios mismo.

Gracias Oscar Wilde por tan apasionante relato, el cual más allá de los vaivenes morales e intentos infructuosos por dejar un sello, nos dejaste un retrato de que la vida es vanidad y un esforzarse tras viento. Lo que no nos dijiste es la causa de eso. La Biblia, sí me dio las respuestas tempranas, y a pesar de mis errores, caídas, debilidades, frustraciones y retrocesos, he llegado a comprobar que una vida sin Dios, no vale la pena ser vivida. Apelo a su infinita misericordia para que no tome en cuenta mis fallas y se acuerde que soy hecho simplemente de polvo. Que nunca olvide la promesa que le hice de honrar y dar a conocer su Santo Nombre por donde esté, mientras viva. Creo que he hecho mis mejores esfuerzos, modestos y a veces incompletos, pero también sé que el premia el esfuerzo y no sólo los resultados y que jamás es injusto como para olvidar a aquellos que muestran amor por su sagrado nombre.

Gracias Dios mío, por darme ahora las fuerzas, debilitadas por el tiempo, pero compensadas por una larga vida de estudio, meditación y puesta en práctica de tus sabios consejos. Sé que delante mío pones una bendita oportunidad de redimir todas y cada una de mis faltas y lo haces posible por la muestra más grande de tu amor por la humanidad: la muerte de tu amado hijo, quien lleva dentro de sí la esencia de tu afamado nombre. Gracias por rescatarme del hoyo cenagoso en el que me hallaba y con cosas simples y ayudas nada dramáticas ni ostentosas, me diste nuevamente la oportunidad de ‘ponerme a derecho’ e intentar volver a hacer tu santa voluntad, mientras me mantienes alejado ‘de los que esconden lo que son’ y me instruyes de manera maravillosa.

Gracias Padre Santo,  el Único, por que tal vez, si es tu voluntad, pueda ser testigo presencial del tiempo más emocionante y significativo de toda la historia humana: la santificación de tu gran nombre y la vindicación de tu soberanía en Armagedón. Gracias por revelarme tu propósito y humildemente llegar a ser parte de él, no por un corto tiempo, sino por toda una eternidad, cual es tu promesa para quienes aprende de ti y de tu Hijo amado, Jesucristo.

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