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La trampa del halago

La trampa del halago

 

Es verdad que todos queremos oír a menudo lo maravillosos que somos y deseamos el halago, en mayor o menor grado. Pero paradójicamente, se puede observar, con pasmosa frecuencia, que la persona que recibe un halago asume, de inmediato, una postura defensiva. No es raro que balbuceen una vaga negación, o menoscabo: “No, que dices, si no es nada”, “¡Bah! Sólo hablas por hablar”, “La verdad es que no todo el crédito es mío”. Por eso, pruebe el alabar el jardín o la decoración de la casa de alguien y de inmediato su propietario se apresurará a señalar sus defectos: “Sí, pero te fijaste en...” Claro está que ponerse a la defensiva aumenta cuando el halago es realmente inmerecido, lo que denota falta de sinceridad del que halaga.

 ¿Por qué se ve al halago como una amenaza? Sencillamente porque detrás del halago hay una evaluación y ser evaluado (lo que equivale a un examen o juicio) resulta siempre incómodo, por decir lo menos. Además, al halagar a alguien, aunque sea con sinceridad, puede traslucir el hecho de que alguien se encuentra en una posición superior por el hecho de poder emitir un juicio de valor, y esto puede significar en algunos, un simple insulto. De hecho, debemos reconocer que no nos interesa recibir el halago que no provenga de alguien de quien nosotros le reconocemos una posición de superioridad. Con frecuencia, el halago de un inferior ofende. En otras ocasiones, resulta que detrás del halago solemos escuchar una reprobación: “Estoy muy complacido con tu trabajo, pero...” Por eso, cuando escuchamos un halago, automáticamente nos preparamos para el choque, el inevitable “..., pero...”.

 Aunque el encomio y el halago sirvan de valioso preámbulo a una exhortación o la petición de una mejoría en algún otro aspecto, en realidad debe guardar relación y proporción entre una y otra. No siempre es necesario mezclarlas. Si hoy es el momento de alabar, encomiar, halagar a alguien, deténgase ahí y evite que a eso le siga otro “pero...”, tal vez muy conveniente en otro momento.

 Otro peligro del halago, y peor si es inmerecido, es que puede generar desunión, celos y envidias. La persona halagada puede sentirse abrumada, hasta perturbada y los demás pueden llegar a sentirse inferiores o menospreciados, poco aptos, a pesar de cuanto se hallan esforzado. Un halago mal dirigido o exagerado, puede hacer que una persona se sienta complacida en exceso y, por lo tanto, se descuide.

 Halagar del modo sencillo nunca es fácil. Si debemos halagar en público a alguien (aunque en privado es la mejor forma, o con la menor cantidad de personas posible), debemos evitar el malestar de los demás, o al menos reducirlo al mínimo. El halago bien dirigido es un lubricante irremplazable que ayuda a mantener las relaciones humanas en buen estado.

 Recordemos que el halago es una evaluación de algo que ya hemos hecho, por lo que es una cosa del pasado. Si procuramos el halago de continuo damos muestra de debilidad, pero aceptemos con un simple: “Gracias” cuando recibamos una elogio sincero y bien merecido. Son pequeños trofeos que podemos exhibir en nuestra vida, todo el tiempo.

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