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Apágueles el televisor y ¡póngalos a leer!

Apágueles el televisor, y ¡póngalos a leer!

Joseph Mac Lean

 

 

Siendo quizás el mayor invento del siglo XX, y que mediante él nos mantenemos al día con noticias de todo el mundo, la televisión ha resultado para muchas personas en extremo adictiva. Los niños y jóvenes pasan horas (en realidad días enteros a la semana) viendo televisión y dejan de ejercitarse mediante el juego, y no me refiero sólo al cuerpo. El intelecto y la imaginación se ven seriamente afectados por el uso excesivo de la televisión.

Si sus hijos, aunque obtienen buenas calificaciones, no obtienen todo el provecho de la escuela ni desarrollan todo su potencial quizás sea hora de apagarles la televisión y ponerlos a leer. Hoy, no es difícil conseguir buenos libros a precios módicos y tal vez, si averigua un poco, hallará una buena biblioteca cerca de su casa. Adquiera una buena enciclopedia (aunque sea de segunda mano en buen estado) pues en ella se encuentran artículos que no requieren actualización constante. Mediante ella, sus hijos (y usted mismo) pueden recorrer cualquier campo del saber humano con sólo hojear unas cuantas páginas.

En un instante, sus hijos pueden aprender de animales, plantas y minerales diversos, que usualmente se pueden encontrar en lugares muy distantes. Pueden aprender acerca de hechos de la Historia y las personas que tuvieron participación activa en los acontecimientos más destacados del quehacer humano. En esas pocas páginas se pueden recorrer la mayoría de los inventos que han beneficiado (o no) a la humanidad. Y nos ponen en contacto con otros libros, pues al repasar la bibliografía de cada tema uno puede sentirse inclinado a ir adquiriendo obras más detalladas sobre alguna materia de nuestra preferencia. También, y sin pagar un centavo adicional, se puede viajar a lugares distantes, conocer personas interesantes, sus costumbres (y sufrimientos), es decir, la vida tal y cómo ellos mismos se la cuentan.

Ningún programa de televisión, documental o película puede llevar tan lejos a sus hijos que aquel que emprenden dentro de ellos mismos mediante ese torrente manso de palabras encerrados entre las tapas de un buen libro. Las imágenes que se forman en su mente a menudo resultan imborrables y generan en los niños el deseo de compartir lo aprendido mediante la lectura en mucho mayor medida que lo visto por medios audiovisuales.

Por supuesto, sus hijos se mostrarán más dispuestos a leer si lo ven a usted hacerlo con placer, a pesar de lo ajetreado de su horario y sus labores. Incluso, una vez por semana puede programar el “espacio de lectura familiar”. Cada semana puede variar el material bibliográfico para satisfacer a todos los miembros de la familia. Una semana puede dedicarse a un autor o poeta, y todos han de aportar comentarios, favorables o no, propiciando la sana crítica. Sea flexible. Deje que los muchachos se expresen acerca de lo aprendido esa semana y esté atento si necesitan más libros o material de apoyo.

Ayúdeles a respetar los libros. Si obtienen algunos prestados, asegúrese de que los devuelvan tan pronto hallan finalizado su lectura. Si los libros sufren algún daño, y no puede reponerlos, enséñeles a disculparse por eso, y tome medidas para que eso no vuelva a ocurrir. Aún en el campo de la lectura siempre hay lugar para algo de disciplina calmada. Provea a sus hijos de un ambiente adecuado para que lean sin interferencias. Con el tiempo aprenderán a sustraerse tanto en la lectura que podrán hacerlo, incluso, en medio de una bulliciosa multitud.

En muchos mercados de cosas usadas, hay puestos dedicados a la venta de libros usados o de ediciones pasadas. Así he adquirido, en tan sólo dos meses, cerca de una treintena de excelentes novelas que, en una librería, me hubiesen costado una pequeña fortuna. Ahora mi dilema es separar el tiempo apropiado para su lectura, mientras nuevas obras pugnan por mi elección. Es evidente que necesitaré al menos un poco más de dos años para leerlos por completo, pero al menos ya tengo aseguradas muchas horas de placer, que yo puedo programar personalmente.

Aunque sus hijos se mueven en un mundo que privilegia la “audiovideocracia”, no permita que se priven del goce de la lectura de buenas obras. Cuando luego vea la versión filmográfica se darán cuenta de las diferencias y libertades que el director se ha tomado, que el autor original quizás jamás se propuso. Eso me pasó, cuando siendo aún joven, leí la Biblia y pude comparar que Cecil B. DeMille se empeñó en conservar vivo al faraón Ramsés II (¿?) luego que su ejército fuese abatido por las aguas del Mar Rojo, en la película “Los Diez Mandamientos”. Sin embargo, el libro de los Salmos me enseñó que tanto el terco faraón (del cual no se da su nombre) como su poderoso ejército fueron tragados por las aguas hasta hacía poco contenidas. El relato del Salmo 136 lo escribió un testigo presencial, Moisés, lo que le da más crédito que la licencia que se otorgó el director de Hollywood.

Respecto al mismo suceso, al revisar una enciclopedia descubrí que Nefertiti no era esposa de Ramsés II (como se asegura en la misma película) sino de Amenofis IV, más conocido como Akenatón. La esposa de Ramsés era Nefertari. Entonces, desde esa fecha me esforcé por verificar la exactitud de los datos importantes que obtengo mediante la lectura.

Cada año se publican miles de nuevos libros, tan sólo en español. Pero no se deje abrumar por eso. Converse con los maestros de sus hijos y vea que libros creen que podrán ayudarles a mejorar su comprensión y llene su casa de buenos libros. Quizás no todos se sientan inclinados a la buena lectura, pero aunque lean pocos libros obtendrán algún tipo de beneficio a corto o largo plazo. No les niegue ese placer a sus hijos, aun si usted no es un asiduo lector... en realidad es un derecho de sus hijos que usted debe respetar.    

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