Cómo ser mejores padres
Cómo ser mejores padres
Joseph Mac Lean
La labor más importante, complicada, estimulante y remuneradora es, a decir de muchos, la de ser padre. Sin embargo, nadie ha encontrado todavía la formula perfecta para asegurar un éxito completo en tan ardua tarea. Uno debe contentarse con obtener algunas directrices o principios básicos y dejar que la práctica haga el resto, como bien lo saben quienes son padres.
Es triste decirlo, pero no existe una verdadera escuela de padres; y eso es extraño, porque para ser médico, abogado, piloto o, simplemente, conducir un auto, uno debe llevar un curso (más o menos extenso) y rendir un examen. En cambio, para la tarea más importante sobre este planeta confiamos en la capacidad individual para que se cumpla con eficacia. ¿Será por eso que cada día aumentan los productos defectuosos provenientes de las fabricas llamadas “familias”?
Es de lamentar que, como ocurre desde los tiempos de nuestros primeros padres, cuando fallamos en la educación de nuestros hijos tendamos a echarle la culpa a quien sea, menos a nosotros mismos. Así como Eva culpó a la serpiente, y Adán culpó primero a Eva y luego a Dios mismo, de igual manera hoy solemos culpar al “sistema”, al “barrio”, a cualquier hijo de vecino que se haya cruzado en la vida de nuestros hijos.
Pero aquí no voy a hablar de culpa, sino de consejos que de verdad ayudaran a que seamos mejores padres, aunque nunca perfectos. Un buen padre es aquél que acierta más veces de las que falla y que reconoce que la personalidad de un individuo se forma dentro de él mismo y que depende de millares de factores, internos y externos, pero que en última instancia existen tres factores clave, imperativos en ello: el amor, la disciplina y la independencia. Y de estos tres el más importante es el amor.
El amor es algo que nunca puede darse en exceso y siempre será beneficioso. Pero para que sea realmente efectivo y benéfico en el niño se le debe amar por lo que él es en realidad: nuestro hijo... ¡basta con eso! Sin importar lo que hace (o no hace) debemos amar a nuestros hijos por lo que son. Cada ser humano tiene sus virtudes y sus defectos, unos más visibles que otros. El amor genuino valora mas las primeras y cubre los segundos, al punto de considerarlas como no existentes, sin llegar a estar ciegos por completo tampoco.
Los hijos necesitan algunas cosas, entre muchas otras, de sus padres para sentirse amados: 1) protección; 2) dirección; 3) corrección; y, 4) aprobación. Y todo eso se efectúa porque los padres les dedican tiempo, que incluye escucharlos sinceramente, sin censurarlos. Ellos perciben que siempre pueden contar con ustedes, aun a costa de sufrir algunas privaciones materiales. Sea el padre o la madre (lo ideal es que ambos) siempre estarán disponibles para los hijos mientras crecen y se desarrollan poco a poco. Eso les transmite el sentimiento de que ellos les son importantes a sus padres y llegan a sentirse amados.
También hay muchas maneras de expresar nuestro amor. Así no tengamos la tendencia a ser afectuosos, lo que importa es la percepción del hijo respecto al amor de sus padres. Existen diversas formas de decir a nuestros hijos: “¡Te amo!”, por ejemplo: Arroparlos por las noches antes de dormir, sin recriminarles las travesuras del día, y estar allí a su lado cuando ellos despierten, con un nutritivo desayuno listo. Además, busquemos oportunidades de alabarlo, en vez de estar destacando sus desaciertos de continuo.
A pesar de tener todo nuestro amor, los hijos son imperfectos y van a cometer errores una y otra vez. Ellos deben entender que para funcionar bien en una sociedad organizada (cuya base fundamental es la familia) se deben obedecer ciertas reglas de conducta. Si no se aprenden desde pequeños, tendrán que aprenderse “a la mala” más adelante, y a veces por personas que no se preocuparán por nuestros sentimientos, como si deben hacerlo los padres. Por eso la disciplina es tan importante, aunque no debe confundirse “disciplina” con “castigo”. Y es vital que para que esta disciplina alcance los objetivos que se propone, se debe primero alcanzar un nivel de autoridad ante los hijos que no permita un ápice de rebelión.
Como bien se sabe el respeto a la autoridad no se impone, sino que se adquiere debido a un poder otorgado por Dios, la sociedad, la experiencia o cualquier otra circunstancia. Y no cabe duda que los padres humanos han recibido de su Creador la autoridad necesaria para imponer en sus respectivos hogares, sin importar la cultura o el tiempo, las normas que habrán de cumplirse por todos. Aunque no es una autoridad absoluta, sino relativa, quien manda debe dar órdenes o establecer reglas que puedan cumplirse y que sea capaz de castigar si son desobedecidas (aunque también cabe la misericordia). En muchos casos, no es necesario que los padres den explicaciones a sus hijos acerca de tal o cual regla u orden, basta para ellos que sus padres las den para que ellos deban obedecer. Desde pequeños deben percibir que obedecer es siempre mejor que pasar por alto la autoridad de sus padres, por que saben lo que dicen y por que el ambiente de amor en el que son criados se sustentan en hábitos y costumbres que los padres también cumplen.
Una vez impuesta la autoridad desde la infancia, la preocupación de los padres es no llegar al punto de cometer abuso de autoridad. Los hijos son diferentes, no sólo en sexo, sino en su composición emocional, intelectual, física, sentimental, y sobretodo, espiritual. Aunque puede haber variantes o “atajos” en la aplicación de ciertas restricciones a los hijos, uno debe ser consistente. Mientras son pequeños, los hijos deben, básicamente obedecer las mismas leyes y deben observar que ambos progenitores (de haberlos) están de acuerdo siempre. En caso contrario, la confusión y el miedo se apoderaran del niño, quien acabará por no saber a qué atenerse; semilla que echará su fruto amargo (a veces podrido) durante la pubertad y la adolescencia.
La disciplina es asunto de ambos padres, cuyo principal deber es educar de la mejor forma posible a sus hijos y no para complacer a los abuelos, tíos, maestros, vecinos, y mucho menos a los amigos. Se pueden recoger las buenas y malas experiencias de las acciones de estos o aquellos, pero son los padres quienes deben, en ultima instancia, decidir lo que es bueno y malo para sus hijos. Los demás pueden aportar sugerencias, consejos (solicitados o no), pero jamás deberán imponer su voluntad ni sacar ventaja de su posición en la familia.
Pasa el tiempo y los hijos siguen creciendo y paulatinamente reclaman más independencia, que se le debe dar, sin duda. Poco a poco debe darse a los hijos la oportunidad de escoger sus juegos, su vestimenta, sus comidas, sin obligarlos a aceptar nuestros gustos personales o los dictados de la moda. Existen ocasiones en que se le debe explicar por qué debe vestir de tal o cual manera (como el asistir a una boda o un funeral, por ejemplo), pero en ocasiones informales deben ser ellos quienes elijan su forma de vestir.
Como se explico líneas arriba, los hijos son diferentes, y se les obligara a actuar con independencia (y asumir la responsabilidad por ello) cuando estén verdaderamente listos. Un niño comerá solo cuando sea capaz de hacerlo y si le damos la oportunidad, pero no porque lo obliguemos a ello. También debe aprender que al actuar por su cuenta, por ser inexperto, se lastimara un poco y debe tolerarlo, pues es un paso esencial para su desarrollo. Así aprendimos a caminar, correr y montar la bicicleta, con muchos rasguños y leves golpes, y que de ningún modo nos desanimaron a intentarlo de nuevo.
Claro está que la independencia debe ser refrenada o restringida si puede redundar en daño permanente o grave para el hijo. Si no comprende las consecuencias de sus actos ni puede asumirlas, entonces el actuar independiente es un peligro para él. Así como no dejaríamos a un niño rodar hasta el final de una escalera, podemos permitir a nuestros hijos pequeños errores de juicio, que no culminen en daños grave o permanente. Dejar que jovencitos asistan solos a fiestas a oscuras, y sin supervisión de adultos, puede incrementar los embarazos en las adolescentes o la proliferación de las indeseables enfermedades de transmisión sexual. ¿Están sus hijos enterados de esto, y dispuestos a “pagar el precio”? Por eso, entonces, debe usted evitar que siquiera se acerque a esa “escalera”, porque de “rodar” por ella las consecuencias pueden ser desastrosas, sino mortales.
Si pensó encontrar aquí la “fórmula mágica” para su ardua labor de ser padre, me disculpo de antemano, aunque debo decirle que tal cosa no existe. Además, mi propia experiencia (gozosa por cierto) se circunscribe a dos hijos maravillosos, quienes, al nosotros aplicar esos tres principios se desarrollan como seres amados, disciplinados e independientes, como atestiguan todos los que los conocen. Y, aunque tuve diferencias personales y sentimentales con su madre, creo, sin temor a equivocarme, que los dos coincidimos en aplicar esos tres factores durante la crianza nuestros hijos, incluso durante el penoso proceso de divorcio, intentamos que ellos resultaran lo menos perjudicados posibles, una muestra más de cuanto los amamos y respetamos.
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