Sáquele provecho a su soledad
Sáquele provecho a su soledad
Joseph Mac Lean
Desde el mismo principio de la creación, el hombre ha requerido de la compañía de otros seres humanos. Así, Dios creó a Eva como un complemento de Adán, fuente de placentero compañerismo. Es por eso, que uno de los males que aqueja a la humanidad y es la causa de muchos males resulta ser la soledad. A decir de los expertos, no hay enfermedad humana más aguda, ni más destructiva emocional y espiritualmente, ni más generalizada que la sensación de sentirse completamente solo.
Es de lamentar que la soledad no respete edad, lugar ni condición. Se presenta en toda sociedad humana y a veces ataca de sorpresa, aunque estemos rodeados de cientos o miles de seres humanos. De hecho, aun en el seno de la familia, los niños pueden sentirse “solos” al no recibir la atención de otros, en especial de sus padres. O la soledad de los adolescentes, que se sienten incomprendidos por sus progenitores y maestros. Dentro del matrimonio mismo, la soledad esta presente cuando los cónyuges se comportan como extraños, aunque vivan bajo el mismo techo y gocen de la mayor intimidad posible. Claro que el que está en mayor desventaja es el anciano, que a menudo se siente inútil e indeseado, y por ende, solo.
Sea cual sea la estación del año, la posición económica, la edad, el estado de salud o cualquier situación ventajosa en que nos encontremos, la soledad hace presa de la gente de modo imprevisto. Y, a menudo, nos encuentra desprotegidos, sin las armas necesarias para combatir la soledad, que es un sentimiento interno, propio de cada persona. La soledad jamás se combate mezclándonos entre las muchedumbres, ni asociarnos en clubes ni enfrascarnos en actividades frenéticas llenas de gente alegre. Al final del día, incluso durante gran parte de él, solemos sentirnos invariablemente solos. Lo sé por dolorosa experiencia.
¿Cómo vencer tan severo azote del espíritu? Aunque abundan los consejos por doquier, he aquí que he hallado tres que me han dado buenos resultados al manejar mi propia “soledad”:
1) Reconocí y acepte que estaba solo. Ningún remedio es eficaz si no actúa sobre una enfermedad real. De nada vale disfrazar la “enfermedad” o negar su existencia. Hay que aceptarla y enfrentarla con las mejores armas disponibles. Cuando acepté que estaba “solo”, entonces recién pude empezar la lucha y buscar las mejores armas. Descubrí, luego de un largo proceso, que no estaba solo en realidad. Tenía mi fe en un Creador amoroso y sus propósitos para la humanidad (que me incluía), y Él siempre había estado allí a mi lado y acudía en mi auxilio cada vez que lo solicitaba. Tenía dos hijos maravillosos que me expresaban su amor de continuo, y reclamaban del mío, a pesar de que ya no vivíamos bajo el mismo techo. Tenía el apoyo incondicional de todos los miembros de mi familia, que me ayudaron a superar los primeros embates de la soledad. Contaba con amigos de muchos años atrás con quienes pude llorar mis penas, sin recibir ningún reproche, a pesar de lo alejado que los había tenido a causa de diversas circunstancias. Fue entonces, que la soledad se me hizo más soportable en esos momentos, y aproveche el tiempo para tomar algunas decisiones definitivas.
2) Distinguí que aunque estaba solo, no estaba aislado. Los momentos de soledad los aproveché entonces en volcar mi mundo interior sobre el papel. Es decir, compuse versos (cosa que nunca antes había hecho en mis cincuenta años), escribí artículos de cultura general y tuve la osadía de publicar un libro entero sobre la desgarradora verdad de la vida homosexual, y comencé a esbozar los argumentos de cuatro novelas que aún vengo desarrollando y que ocupan gran parte de mi tiempo libre. Al escribir, me siento libre, y de algún modo u otro me siento vinculado con mis futuros lectores, aunque lleguen a ser pocos. De igual manera, me puse en contacto con mejores autores al ‘ponerme al día’ con la literatura universal. Asi, descubrí a Saramago, Pamuk, Coetzee, Sheldon, West, Lessing, Fuentes, Allende, entre otros escritores, y completé la lectura de autores de antaño (un poco descuidados de mi parte) como Alejandro Dumas (padre e hijo), Agatha Christie, Julio Verne, Leon Uris, Gustave Flaubert y otros clásicos. Por supuesto, no descuide ni un momento al Autor de autores, pues gracias a que uno de mis mejores amigos me obsequió una Biblia Latinoamericana, completé con ella la lectura trigésima octava de tan maravilloso libro. ¡Quién puede sentirse solo con tan excelente Compañía!
3) Me hice el propósito de servir a otros. Caí en la cuenta de que mientras yo me debatía con mi soledad, muchas personas a mi alrededor tropezaban todos los días con problemas internos y externos y carecían de una real esperanza de vida. ¡Yo simplemente me sentía solo! Para ese tiempo conocí a alguien a quien me propuse “cambiarle” la vida (para bien), sin que él lo supiese o yo percibiese el éxito que alcanzaría meses después. Fue mi “tabla de salvación”, pues me obligué a mantenerme disponible para él, y poco a poco al ir estrechando nuestra relación e ir brindándole consejo práctico y presentarle el mejor Consejero que pueda existir, ya no he vuelto a sentirme solo nunca más desde entonces. A partir de allí, me dediqué a servir de aliento, estímulo y, en lo posible, de ejemplo a una veintena de personas. Olvidándome de mí mismo, me propuse llenar las copas (mucho mas vacías que la mía) de otras personas, incluso desconocidas para mí en esos tiempos. Hoy, muchas de ellas se han convertido en mis mejores amigos y compañeros. Mis hijos, mis mejores testigos, se alegran de que conserve mi habitual buen sentido del humor, a la vez que mi firme y terca decisión de intentar, por todo medio posible (que me demanda un gran esfuerzo, debo reconocerlo) mantener mi decencia y apego a lo que considero es lo correcto.
En estos tiempos en que la gente ‘tiene una forma de religión, pero resulta falsa a su poder’, la soledad se hace más grave cuando uno se aleja de Dios, aunque a tientas crea estar agradándole mediante ritos tradicionales sin ningún entendimiento ni conocimiento exacto de la voluntad divina. El gran vacío espiritual es la causa de la más espantosa de las soledades, pues el errar a menudo en lo que Dios exige de nosotros, nos aísla de la fuente de todo consuelo y como consecuencia lógica no llegamos a amar a nuestro prójimo como se debe, lo que aumenta nuestro sentimiento de soledad.
La genuina vida espiritual no es, por naturaleza, solitaria. Sirviendo y respetando a los demás, ‘como Dios manda’, hallamos manantiales de amistad, comprensión y compañerismo, que le están negadas al egocéntrico. En la oración, no solo hallamos el consuelo del desahogo, sino que al recibir respuesta certera, comprendemos que somos importantes y formamos parte de una comunidad universal (en su mayor parte invisible a los ojos humanos) que se esfuerza por cumplir los propósitos del Divino.
De hecho, en estas fechas que la mayoría de la gente se afana por conseguir el mejor regalo, que quizás compense su ausencia durante todo un largo año, las palabras del evangelio de Mateo nos ayudan a comprender que en realidad nunca estamos completamente solos: “Y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios está con nosotros.”. Para los judíos eso no era ninguna novedad, pues su Dios Jehová (o Yavé, como prefiera), siempre estuvo a su lado.
Cuando aceptamos tan buena y perfecta compañía, cuya lealtad es inquebrantable, obtenemos al amigo ideal, la de Dios mismo. Y la promesa de su Hijo amado: ‘Estoy con ustedes hasta la conclusión del sistema de cosas’, nos garantizan que nunca más volveremos a sentirnos solos, así estemos aislados por algunos breves momentos. Al menos si a mí me dio excelentes resultados, ¿por qué no lo intenta usted?
0 comentarios