Siete sencillas palabras
Todos queremos triunfar en la vida, que duda cabe; pero no siempre todos tenemos los mismos valores ni metas respecto a lo que queremos de la vida, o el mejor modo de alcanzarlo. Llevo más de cinco (casi seis) décadas sobre este planeta, y he observado a muchas personas afanarse por ser alguien, pensando que esa es la fórmula perfecta de hallarle sentido a la vida. En especial, ahora que muchos valores tradicionales han desaparecido, que de cierta forma estabilizaban a la sociedad, recordé siete palabras sencillas que al igual que antes me impulsan para hallar satisfacción profunda, y duradera, en la vida.
Es cierto que cada persona tiene un orden particular de valores que rigen su vida y sus relaciones con los demás; así, algunos anteponen la integridad, otros el patriotismo, otros la religiosidad, la laboriosidad, la valentía, la hidalguía, la lealtad, el altruismo. Unos combinas estas con aquellas, y a menudo alteran el orden de todas ellas dependiendo de las circunstancias; cosas del tan mentado libre albedrío.
Recuerdo que, no hace mucho, la religión ofrecía un derrotero de estabilidad y de objetivos de vida, que lamentablemente hoy una multitud de personas cuestionan. Es más probable que la fama y el dinero sean los actuales valores o metas primordiales en la vida, aunque la mayoría reconoce que el materialismo per se es destructivo, promueve el egoísmo y, a la larga, resulta poco satisfaciente. Los que han puesto sus esperanzas en la ciencia no han quedado desilusionados del todo, pues en muchos aspectos, la calidad de vida es superior a lo que era unos cuarenta o cincuenta años atrás. El dilema es que mientras más sabemos, más perplejos nos quedamos ante la complejidad de la vida y de lo que la sustenta y caemos en la cuenta que difícilmente las cosas surgieron al azar, algo que la ciencia intenta constantemente demostrar. La ciencia no ha podido (y dudo que lo haga algún día) proveer respuesta a tres preguntas trascendentales: "¿De dónde venimos?", ¿Por qué estamos aquí?", y "¿Adónde vamos?".
El egoísmo, que parece innato en el ser humano, ha sido reconocido como el principal impedimento para alcanzar la unidad internacional, y se ha procurado controlarlo o eliminarlo desde siempre, sin conseguirlo. Por eso, siempre vienen a mi mente siete sencillas palabras dichas por un humilde carpintero pronunciadas hace casi dos mil años: Ama a tu prójimo como a ti mismo. Algo realmente innovador, realista y efectivo en su época, porque reconoce la individualidad sin perder de vista la necesidad de la vida en comunidad.
Desplegar un espíritu de cooperación, mientras luchamos por procurar nuestra propia satisfacción, aumenta nuestra felicidad. Así, que podríamos llamarlo "egoísmo altruista", y rara vez falla, por no decir nunca; la tensión disminuye, la convivencia se hace más viable, mejora el ambiente y persuadimos a otros, por simple imitación, a imitar nuestros pequeños actos de amor. Esforzarse por conquistar el afecto y el bienestar de los demás no es una tarea sencilla, pero es muy remuneradora. Es necesario escuchar a su corazón de continuo, así no será necesaria una larga lista de tareas o cosas por hacer para conseguirlo, ni ningún tipo de presión externa. Si mejoramos en algo el ambiente en que nos movemos, nosotros salimos beneficiados también. Si la gente que nos rodea es feliz, seremos felices; si son mas pacíficos, disfrutaremos de una paz mayor, y seremos más productivos, sea la tarea a la que nos dediquemos.
Pero Jesucristo, ese humilde carpintero, dio la clave para ganarse el afecto y hasta el amor de los demás: amarse a uno mismo. Por eso haríamos bien en preguntarnos: ¿Cuánto amor me demuestro todos los días? ¿Cuánto cuido, no solo mi cuerpo, sino mi intelecto y mi espíritu, así como mis facultades mentales y perfecciono mis talentos? ¿Cómo puedo amar a otros (incluso su cuerpo, propiedades, fama, talentos, etc) si no me respeto yo mismo, y no respeto todo aquelo que ha sido puesto a mi cuidado? Por eso, empezando por las leyes naturales haríamos bien en cuestionar ciertos hábitos que a todas luces son dañinos para la salud nuestra (y la de otros). Tomemos por ejemplo: el sueño. Todos reconocen que dormir es realmente un placer, pero muchos no duermen lo suficiente, o no tienen un sueño de calidad de modo frecuente. Empecemos por incluir en nuestro apretado horario un buen hábito: dormir 8 horas diarias, continuas y, si es posible, iniciando y terminando a la misma hora. Y antes de dormir, cuidemos lo que comemos, miramos y hasta pensamos; se reflejará de un modo u otro en la calidad de nuestros sueños. Amanecer despejado, realmente descansado es una oportunidad que muchos se niegan. ¡El resultado? Mal humor tempranero, una pésima actitud hacia la vida y los demás. Lamentablemente esta actitud es contagiosa en extremo. Pero, lo contrario es también cierto. Así que de nosotros mismos depende cómo empezaremos el día, o el de los demás. Cuídese a usted mismo, y a los demás.
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