De lo absurdo y lo paradójico
De lo absurdo y lo paradójico
A menudo, todo aquello que, de un modo u otro, descuadra nuestra rutina, es decir, lo no convencional y lo paradójico, suelen sacarnos de nuestras casillas. De hecho, casi todo comportamiento poco ortodoxo, es decir aquello que no es aceptado por nosotros mismos o por la sociedad en la que nos movemos, nos irrita, en unos casos, o nos deja perplejos la mayoría de las veces y nos origina un problema. Cuando la respuesta o el comportamiento de alguien no es lo que esperamos, o los demás esperaban, surge un dilema a veces muy difícil de resolver exitosamente. El desempleo intempestivo, aparte del descalabro económico que conlleva, destruye un ambiente que ya dominábamos (o tolerábamos) y es un cambio brusco de una "cómoda" rutina. Por eso, también, a muchos les aterra la idea de la jubilación: "¿Qué voy a hacer con tanto tiempo libre?", es una expresión que resulta paradójica si se pasó treinta años quejándose de falta de tiempo para hacer las cosas que realmente quería hacer por estar tan ocupado en el trabajo.
Sin embargo, como debemos reconocer, muy a nuestro pesar, el comportamiento distinto (o aventurado) de algunas personas ha originado el avance científico, o ha permitido alcanzar una serie de descubrimientos que han beneficiado a la humanidad en la mayoría de los casos. Como bien se ha demostrado en el curso de la Historia, nada permanece estable, todo cambia, de un momento a otro, para bien o para mal; y, por más que nos esforzamos, debemos aprender a adaptarnos a nuevas circunstancias de modo cotidiano, aunque no nos demos cuenta de ello.
De hecho, todo el día estamos tomando decisiones y no siempre hacemos las cosas de la misma manera. Puede que hoy decidamos darle un matiz nuevo a una operación de rutina, sin cambiarla en su esencia. Quizás nos volvamos "creativos" en la cocina, o extendamos (o acortemos) a propósito un informe o conferencia que se espera sea del modo tradicional o prefijado. Una pizca de variedad, como el condimento, puede hacer la diferencia entre un plato y otro, ¿verdad? Todo depende del gusto o el humor de comensal al momento de ingerir ese plato, y ni que decir de su estado de salud, el cual por lo general ignoramos. Pero, que van a haber efectos, leves o graves, eso es inevitable.
Se nos ha enseñado (absurdamente) a que no existe una verdad absoluta en ninguna parte, y sin embargo nos aferramos a gustos, tradiciones, supersticiones, creencias y razonamientos, que atesoramos hasta el punto de que podemos llegar a odiar a quien no los comparte. Por otra parte, los intelectuales y sabios nos hablan de la libertad, mientras que los políticos y juristas amplían cada vez mas las constituciones y las leyes y códigos para encasillarnos y restringirnos cada vez de un modo más perfecto, sin lograrlo claro. Pronto deben corregir o ampliar aún más los alcances de tal o cual ley. Recuerde que cierto refrán dice: "Hecha la ley, hecha la trampa"), una prueba más de que estamos propensos a evadirnos prontamente a voluntad, y, con frecuencia, de modo irresponsable.
En el extremo de la simplicidad, se nos enseña a pensar en las cosas como buenas o malas, verdaderas o falsas, justas o injustas; más aún en esta era electrónica en donde el sistema binario (0s y 1s) han tomado el control. Somos libres, pero no nos es permitido la variedad o las zonas grises de algunas situaciones. Se nos ha enseñado que algo no puede ser cierto y falso a la vez, o puede ser justo o injusto a la vez. ¿Es posible tal cosa? ¿Es absurdo, o paradójico eso? La gente queda perpleja cuando cae en la cuenta, por ejemplo, que "Vivir es morir un poco cada día"; pero muchos han hallado una verdad en esta paradoja.
El campo de los negocios no escapa a estos hechos. ¿No es cierto que las empresas más prósperas son a la vez las que más invierten en publicidad? Y, ¿qué es la publicidad? Muchos la han definido como "la forma moderna más refinada del engaño, la distorsión y la manipulación", al simple acto de maquillar los hechos, haciéndolos parecer más (o menos peor, si cabe la expresión) de lo que realmente son. De hecho, la publicidad así como la entera ciencia de la mercadotecnia se inmiscuyen en la vida del consumidor hasta en los asuntos más triviales, y de manera absurda, bajo la motivación (o justificación) de satisfacer sus necesidades del modo más cabal (y rentable, para el vendedor claro está) posible.
Sea el campo de actividad humana que analicemos, se verá siempre este juego de lo absurdo y lo paradójico, ese maquillar los asuntos y manipular los hechos para que encajen con nuestros motivos, propósitos o circunstancias, y en procura de un máximo beneficio para nosotros, nuestro grupo, idea o creencia fuertemente atrincherada. Lo curioso es que no siempre tal actuar es necesariamente ilícito, inmoral o perjudicial, dependiendo "del cristal con que lo miremos". No olvidemos que hemos inventado la diplomacia para sacarnos del apuro que el simple tacto pudo evitarlo. ¡Ah la diplomacia! Una de esas actividades donde la honestidad y el engaño funcionan bien juntos: obra maestra de lo paradójico y, por ende, de lo absurdo.
Como usted se habrá fijado, sin duda, el engaño es la regla en las relaciones humanas, no la excepción. Pero aquí debemos diferenciar entre el engaño y la mentira. A menudo el engaño es válido para obtener un grado de estabilidad que la absoluta verdad no lograría jamás. Así entendido, el engaño es simplemente una "estrategia" para no llegar precisamente a esa verdad absoluta, llana, con el propósito benéfico de alcanzar una estabilidad ventajosa para todas las partes de un modo razonable. El efecto de la mentira es sencillamente el opuesto, ya que por definición la mentira es perjudicial y, por lo tanto, condenable moral, espiritual y jurídicamente.
¿Confundido? Lo entiendo, pues la verdad yo no sé exactamente por que estoy escribiendo acerca de estas cosas; pero lo que si es cierto es que entiendo que en estos momentos sus procesos mentales han sido puestos en alerta y usted empieza a sentirse un poco extraño. Si lo he logrado al menos habré alcanzado un noble objetivo con estas líneas.
Pensar en cosas absurdas o paradójicas (como parte de la meditación profunda) es un ejercicio que pocas veces nos damos el lujo de practicar, así como no solemos dar largas caminatas por placer; sin embargo, se reconocen los beneficios de ambas faenas. Pensar (no fantasear) requiere por supuesto de control y genera un desgaste mental que pocos están dispuestos a hacer. Darle una orientación razonable a una idea, llegar a imaginar una idea absurda, pero probable, fortalece nuestro intelecto, y las ganancias de todo tipo que están al alcance de nuestras manos son inimaginables. Eso lo saben bien los ganadores de los Premios de Literatura, y recurro nuevamente al ejemplo de José Saramago, ganador del Premio Nobel de 1998, en cuyas obras Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez y Las intermitencias de la muerte muestran los efectos en la sociedad cuando la decadencia social llega ha extremos que nos permiten caer en la cuenta de aquellos han resistido a ella y hacen que su valentía haga que la vida sea mas viable y digan de vivirse.
Muchas relaciones sexuales, especialmente las ilícitas, tienen esos mismos ingredientes paradójicos. Pero el placer no le sigue al dolor, o a la inversa, sino que ambos conviven a la vez, al menos por momentos. Pero suele suceder que el placer obtenido es tan intenso que acalla el dolor simultáneo o posterior que se origina en tal tipo de relaciones. Sin embargo, tales elementos pueden también estar presentes en las relaciones sexuales licitas con igual o mayor magnitud, dependiendo de muchos factores y circunstancias. Pero de eso hablaremos en otra oportunidad, por que el tema de lo absurdo y lo paradójico da para más y seguro que habrán otros artículos en el futuro.
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