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Un secreto para llevarnos bien:

Un secreto para llevarnos bien: “Lo siento”

  

  Los conflictos entre personas que se odian pueden hasta parecer normales,  los conflictos surgen a menudo entre personas que se aman mucho. Algunos de esos conflictos o roces se superan fácilmente, otros cuestan un poco más de esfuerzo y algunos se vuelven tan insolubles que terminan por arruinar la buena relación entre dos personas, para siempre.

  Lo que pudo ser una buena amistad, o matrimonio, o simple compañerismo laboral o de negocios se echa a perder por una sencilla razón: ninguna de las partes está dispuesta a disculparse mutuamente. A menudo se permite que la amargura, los celos y hasta el orgullo dominen la situación y pasan por alto el beneficio que ambos reciben de esa relación.

  Por supuesto, decir “lo siento” no es simplemente la expresión de esas dos sencillas palabras, pues se requiere un reconocimiento sincero del error que hayamos cometido, sea que seamos el agresor o tal vez el agredido. A veces el agredido da tanta importancia al asunto, que puede llegar a exagerar alguna leve falta de su amigo, cónyuge o socio e interrumpe la relación sin siquiera darle la oportunidad a la otra parte (tragándose su orgullo) ofrecer una disculpa.

  Debemos reconocer que no es fácil reconocer nuestra culpa. Estamos mucho más dispuestos a hacerlo si se trata de faltas o errores ajenos,  en nuestro caso nos llenamos de mil argumentos para justificar nuestro proceder, muchas veces completamente errado. Sin embargo, los que están dispuestos a reevaluar su postura y piensan más en la pérdida de una valiosa relación o el efecto que eso tiene en la familia, el vecindario, la escuela, en fin en cualquier grupo humano al que ambos pertenezcan, llegará a ver los asuntos de otra manera, una más amplia.

  Puesto que es tan difícil pedir perdón, algunas personas lo catalogan como un arte. Mientras más tiempo ha pasado desde que surgió la ofensa (imaginaria o real) que distanció a dos amigos, los cónyuges o parientes, más difícil resulta dar los pasos hacia la reconciliación. A menudo pasado el tiempo ya uno no puede acordarse con precisión qué fue lo que realmente sucedió, sino más bien recordamos cómo nos sentimos luego de resultar (a nuestro parecer) ofendidos. Por eso, el primer gran paso que podemos dar es balar de inmediato, aunque estemos dominados por la ira o la amargura.

  Si la falta resulta leve, tal vez los ajustes no deba hacerlo el ofensor, sino más bien el ofendido; y esto requiere verdadera fuerza moral.  Si la falta es grave y la dejamos sin resolver, el ofensor puede “atrincherarse” en cierta postura y seguir causando daño a otras personas y finalmente llegar a dañarse ella misma, de manera irreparable. ¿Por qué? Porque contrario a lo que la mayoría de las personas piensan, cuando cometemos un error o una falta en contra de nuestro semejante, el primer daño lo recibimos nosotros mismos y no necesariamente la otra persona. Haya sido voluntario o no, el daño debe haber recibido algún tipo de “preparación” en nuestra mente y corazón, o puede ser el reflejo de cierta distorsión en nuestra personalidad.

  Un afamado doctor estadounidense, Clarence Lieb, comentó en cierta conferencia médica, el caso de un hombre que sufría dolores de cabeza, insomnio y desarreglos gástricos. Aunque fue sometido a una serie de análisis de rutina, no se encontró ningún mal orgánico. El DR. Lieb atinó finalmente a hacer la pregunta correcta: “Dígame que le molesta en su conciencia.” El hombre de inmediato reconoció que como albacea de su hermano, había despojado de su herencia a su hermano menor, “todo un despilfarrador profesional”, como el mismo lo calificó.  Aunque razonablemente adecuada su decisión, sabía que moralmente había actuado mal. ¿Qué le recetó el médico? Extendiéndole un trozo de papel, le recomendó que le escribiera sin demora a su hermano pidiéndole perdón y ofreciéndole restaurarle absolutamente todo lo que le pertenecía por derecho más un pequeño obsequio adicional por la demora. El Dr. Lieb finalizó la anécdota diciendo que el hombre salió completamente “curado” de sus dolencias y se dirigió directo a la oficina de correos.

  La disculpa sincera, y a veces abrir las puertas a que esta se dé, puede restaurar la relación más quebrantada. Aunque la mejor manera es ofrecer una disculpa cara a cara, a veces nuestra timidez (o nuestro orgullo) nos impiden hacerlo. Si este es el caso, recuerde al hombre de la anécdota: Escriba una breve nota ofreciendo disculpas. Cualquier antagonismo que uno pudiera sentir desaparece el acto, pues el ofendido debe reconocer que se necesita mucha valentía para realizar tal acción. Y si además recuerda que el mayor daño emocional lo está recibiendo en realidad el ofensor (se dé cuenta o no) usted abrirá las oportunidades de que aquél se disculpe de un modo apropiado para él, y efectivo para usted. No sea demasiado exigente tampoco, pues pretender que la otra persona se arrodille o se humille excesivamente no ayudará a mantener el respeto mutuo que toda buena relación exige.

  A veces las personas dudan de pedir perdón por temor de verse desairadas. Aunque exista esa dolorosa posibilidad, si reconocemos que hemos ofendido a alguien, debemos disculparnos… no hay escapatoria a eso. El ofrecer y aceptar de corazón una disculpa limpia el corazón del resentimiento, un mal que consume y daña a ambas partes finalmente. Entonces ¿cómo decir lo siento? He aquí algunos consejos prácticos:

1.- Si no puede expresarlo con palabras directas y en persona, intente un gesto. Un ramo de flores u otro obsequio pueden ser el inicio de un acercamiento. A veces es útil que interceda una tercera persona como “mensajero”, en especial una que sea reconocida por ambas partes como una persona imparcial y que conoce del problema.

2.- Lejos de ser una forma de humillación, el ofrecer disculpas (y el aceptarlas) es muestra de genuina madurez emocional y de rectitud. Para ser efectiva, la disculpa debe ser el fruto de un verdadero acto de contrición. Debe ser sincera del todo.

3.-  Discúlpese con dignidad, de pie y nunca de rodillas (sea literal o figurativamente). Amabas partes deben recordar que se requiere mucho esfuerzo el enderezar algo torcido y eso es ya digno de respeto.

4.- Sea presto en ofrecer (o solicitar) una disculpa. Con cada día de retraso, las cosas se dificultan y el rencor o resentimiento se profundizan cada vez más; y aunque seamos exitosos en otros campos, el resentimiento (y la pérdida de la relación) siempre produce malestar en ambas partes.

5.- Si creemos que nos merecemos una disculpa, y ésta nos llega, tratemos de ser razonables. A menudo basta con mencionar la falta y decir: “Lo siento”. Y el ofendido debe decir simplemente: “Te entiendo”. Si a eso sigue un fuerte apretón de manos o un abrazo afectuoso, debemos enterrar el asunto… para siempre.

6. Si creemos que nos merecemos una disculpa, y ésta tarda en llegar, allanemos el camino para que el ofensor intente una disculpa. Hablen en terreno neutral, o en presencia de un amigo mutuo a quien ambos respeten mucho.

7.- Siempre discúlpese, sea que desee restaurar la relación o no.

 

  Sea el medio que elija para disculparse, sea breve y concéntrese en esa falta exclusivamente. Si lo cree conveniente, lleve consigo o adjunte a su nota un obsequio: un libro,  una planta, una lata de galletas o una caja de chocolates. Si usted es el que debe extender perdón, hágalo libremente y mantenga la dignidad de la otra parte todo lo intacta que pueda. No se vanaglorie de “su triunfo”, de modo que la próxima vez resulte aún más difícil restaurar la paz.

  La vida es corta y las buenas relaciones ayudan a que ésta sea muy satisfaciente. Si se rompe una relación por un malentendido o una ofensa (real  imaginaria) y de verdad valoramos tal relación, hagamos todo lo posible por recomponerla lo mejor que podamos. Rara vez, si la relación es genuina, quedan huellas o cicatrices de tales ofensas. Si la relación no es genuina, la ofensa sólo puede ser una excusa para descontinuarla,  nunca debemos permitir que se guarde resentimiento porque este siempre daña a ambas partes. Disculparse es algo que requiere mucha fortaleza moral y es señal de nuestro temple y carácter. Así que… manos a la obra… diga “Lo siento” y viva en paz para siempre.

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